EL SANGRIENTO CAZADOR (NOVELA) CAPÍTULO I

 

Marita miró una vez más el reloj  y la fuente enfriándose sobre la mesa. La levantó y volvió a colocarla en el horno, para que no siguiera perdiendo temperatura. Con el mismo criterio volvió a guardar la botella de gaseosa light en la heladera. Dio una vuelta por la casa, subió a la habitación de sus hijos y comprobó que ya dormían.

Una hora antes, les había servido su cena y los había acostado.

Regresó al comedor y se sentó frente al plato vacío. A sus espaldas, una gran fotografía enmarcada la mostraba a ella en un majestuoso vestido blanco, acompañada de Horacio en frac. Era su fotografía favorita, por eso la había elegido para presidir el comedor. Con esa ropa Horacio parecía aun más alto y el bronceado de aquel verano lo hacía ver muy pintón.

Una vez más, miró el reloj. La tardanza de su marido la estaba empezando a inquietar.

Finalmente, escuchó el ronroneo del motor y los faros  del auto brillaron en la entrada.  Marita se apresuró a sacar la fuente del horno y la gaseosa de la heladera.

−Hola… ¿cómo estás?...Qué tarde que es…¿hubo algún problema?− dijo tratando de que su tono sonara casual y no inquisitivo.

−Y, gorda… el gimnasio cierra tarde, siempre hay gente que va a entrenar  a última hora. Tengo que ordenar las cosas, porque te dejan todo hecho un desastre, lo sabés. Y encima, hoy es fin de mes… hubo que cerrar balance. Bueno, no te tengo que explicar…quedábamos en que íbamos a confiar…

−Preguntaba, nada más. Vamos a comer. Se enfrió un poco, pero está bien− dijo cortando un alón de pollo.

Horacio fue al baño a lavarse las manos. Cuando regresó, su plato ya estaba lleno.

−¿Y cómo te fue hoy? ¿Mucha gente en el gimnasio?

−Sí, viste como es…llega esta época y todos quieren ser fitness. Por más que hayan pasado todo el invierno comiendo papas fritas frente al televisor.

Marita asintió y siguieron charlando de banalidades. En un momento prendió el televisor y sintonizó, a volumen medio,  un programa de juegos, para no quedarse en silencio cuando decayera la conversación.

Horacio se retiró a descansar enseguida en cuanto terminó la cena. Marita se apresuró a lavar los platos, se dio una rápida ducha, se puso un camisón de encaje, y subió.

Como lo sospechaba, Horacio no se había dormido. Leía en la cama una revista de fitness, con el torso desnudo, semicubierto hasta la cintura por la sábana. Los duros pectorales marcados y la parrilla del abdomen parecían brillar a la luz de la lámpara. Marita estaba orgullosa del cuerpo de su marido. Un poco, lo consideraba mérito suyo también. Ella era la que se ocupaba de prepararle las comidas de dieta y de conseguirle recetas bajas en calorías y carbohidratos y ricas en proteínas.

Marita se tendió a su lado e intentó leer también. Pero al rato, como al descuido, empezó a acariciar con la yema de los dedos los abdominales de su esposo, faena que al cabo de un rato, continuó con la lengua. Como lamiendo una gigantesca tableta de chocolate blanco, Marita ascendió por los abdominales, continuó por el pecho y lamió las tetillas, hasta que Horacio la abrazó y le depositó un tierno beso en los labios.

−Vamos a descansar, Gorda… fue un día duro…

También había sido un día duro para Marita, pero su vulva estaba completamente mojada como una flor bajo el regador del jardín. Y no estaba dispuesta a resignar sus derechos de esposa.  (...)

Cuando llegó al orgasmo debió esforzarse por reprimir unos alaridos de placer que seguramente habrían despertado a sus hijos. Exhausta y sudorosa, se tumbó al lado de su esposo.

                  ¿Estás bien?− le preguntó con el escaso aliento que le quedaba.

Había notado que el miembro de su esposo había recobrado la flacidez, pero él no había terminado. “No quedó satisfecho” pensó. “Ya no le gusto, lo hace por obligación como un trabajo”.

−Estoy bien, gorda… sólo un poco cansado−dijo él como si le leyera el pensamiento−. Vamos a dormir…

La luz se apagó para que Horacio no pudiera ver el rostro desolado de Marita.

Lo estaba perdiendo. Y ella sabía por qué, aunque no quisiera admitirlo.

Marita apenas había logrado dormirse cuando el sonido del timbre la despertó. Miró la hora: la una de la mañana. ¿Quién podía tocar el timbre de su casa a esta hora?

Se estaba echando una mañanita sobre los hombros para bajar a abrir cuando Horacio la detuvo. “Pará, gorda, que voy yo. Vos seguí descansando”.

Marita ya se estaba relajando, feliz con la sensación de que su esposo  la protegía… “es lo bueno de tener un hombre a mi lado” pensó y se acomodó sobre la almohada  para seguir durmiendo. Pero, de pronto, un pensamiento insidioso pinchó su mente, como un demonio con su tridente. La solicitud de su marido por ir a atender… ¿no se debería a que sospechaba que del otro lado de la puerta habría alguien dispuesto a decir algo que ella no debía escuchar?

Ya no pudo más. Se levantó de la cama y se precipitó por las escaleras. Cuando iba por la mitad de la bajada alcanzó a escuchar la voz de su marido que discutía con una mujer.

 

−¡Decime dónde está, Horacio! ¡Por favor!

−Te dije que no sé nada…no sé qué te creés que soy, el niñero de Pablo o qué…

−Vos sabés muy bien por qué te lo pregunto a vos...

 

Marita se puso pálida al observar a la mujer desencajada, desgreñada, que permanecía en el vano de la puerta con los ojos llorosos.

−Claudia… ¿qué hacés acá a esta hora?

−Perdoname, Marita…pero mi marido no volvió a casa esta noche, y estoy muy preocupada.

−Te entiendo… ¿pero qué tenemos que ver nosotros?

Claudia esbozó una sonrisa irónica entre las lágrimas, como una mueca de desprecio.

−No sé, Marita…preguntale a tu marido. Lo único que yo sé es que Pablo va a entrenar siempre al gimnasio de él a última hora y vuelve muy tarde… bastante después del cierre…pero nunca después de las doce…esto ya es otra cosa.

Horacio, a esta altura, estaba visiblemente nervioso.

−Mirá, yo a veces a Pablo le dejo la copia de la llave para que siga entrenando…tenemos confianza para eso.

−Yo creo que demasiada…

Horacio carraspeó con incomodidad. Marita enrojeció. Sin embargo, tuvo fuerzas para contestar.

−Bueno, como ya podés ver, mi marido está acá. Conmigo. ¿Por qué no vas a buscar al tuyo por otro lado? A lo mejor está todavía en el gimnasio…

−Ya fui…está todo cerrado y oscuro…

−Entonces estará  en otro lado…pero acá, ya podés ver que no. Espero que aparezca pronto…pero ahora, si no te molesta, es tarde y mañana tenemos que madrugar.

Claudia pegó media vuelta y se fue sin saludar. Horacio cerró la puerta detrás de ella.

Sin decir una palabra, Marita se adelantó y le cruzó la cara de una bofetada. Acto seguido, rompió a llorar, subió las escaleras  corriendo y se encerró, por dentro, en la habitación matrimonial.

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