EL HOMBRE Y EL ESPEJO (CUENTO)


   Un día sacaré de esta casa todos los espejos.
El del baño, especialmente. En mañanas como estas parece que se complaciera en mostrarme cada línea de mi cara como si fueran más verticales y mas profundas, tajos más que arrugas. Mis ojos nadan en el fondo de dos  profundas lagunas violeta llenas de lagaña y mi boca parece flanqueada por dos zanjas oblicuas. La barba crece como una mala hierba y el cabello retrocede en entradas implacables. Los hombros se encorvan bajo la presión de un peso invisible y los pectorales se adelgazan bajo una maleza clara… menos mal que no es de cuerpo entero. Igual la contemplación de la cara me induce a palparme la panza blanda y mórbida a fuerza de llenarla de cerveza y maníes, y la verga acobardada bajo el boxer, ovillada  entre la ingle y los testículos. Nadie debería mirarse al espejo a esta hora, y menos una semana después de cumplir treinta y seis años. Sí, voy a sacar de esta casa todos los espejos. Total, me afeito de memoria y hace rato que no tengo que peinarme. La naturaleza tiene caprichos absurdos.
 Voy a mear. No me acostumbro a la posición vertical, me sostengo apoyando la mano izquierda contra los azulejos mientras me sostengo la verga con la derecha. Duele el primer pis de la mañana, quema como quema el oxígeno los pulmones del recién nacido. Unas gotitas, nomás sobre la tabla. La seco con papel higiénico mientras pienso en lo que tengo que hacer ese día. Llamar a Beatriz para que venga a limpiar, empezar el gimnasio, llevar la ropa al lavadero…saco cuentas mentales para calcular si voy a poder hacer todo eso y llegar a fin de mes.

“…Lejos suenan los atabales en el aire ardiente del trópico. El grito del marabú corta la espesura. Yaundé se despereza antes de levantarse, tomar su refrigerio y encomendarse a los dioses tutelares, antes de tomar sus armas y salir…”


¿A quién se le habrá ocurrido inventar los espejos? ¿Por qué se mira la gente en los espejos? ¿Por qué se mira al espejo un hombre después de cumplir treinta y seis años? Me duele orinar, me duele moverme, me duele respirar. Mejor parte de enfermo y otra vez a la cama. Recostarse y cerrar los ojos… no dormir, simplemente dejarse estar en la cama, atrincherarse bajo la sábana con los ojos cerrados, sabiendo que a esa hora los compañeros entran en la oficina, la tarjeta habrá marcado mi ausencia, sabiendo que en la cocina las cucarachas corren entre los platos sin lavar, que el tacho de basura rebalsa y las medias que puse en remojo hace dos días se pudren en el fondo de una palangana. Dejarse estar y cerrar los ojos…

“…Yaundé es el mejor cazador de la tribu. Él lo sabe. Se calza el arco y el carcaj y sale por la estrecha puerta de la choza”

Con los ojos cerrados me dejó estar y pienso…quisiera hacer algo para dejar de pensar…se evaporan mis pensamientos mansos y se me acelera el ritmo cardíaco… la sangre se amontona en las arterias de mis sienes. Transpiro. Me veo a mí mismo como la encarnación de la furia, con los dientes apretados y los ojos saltado de las órbitas. Si pudiera salir de esta casa, correr y acabar con lo que me muerde...un bloque de basalto me oprime el pecho, y un cancerbero invisible muerde mis tobillos con dos de sus fauces.  ¿Por qué no puedo quebrarle el espinazo con mis manos?... ¿Por qué no puedo mover ni un milímetro este bloque? ¿Qué brujería se llevó mi fuerza? ¿Qué vampiro sigiloso me desangra por las noches? Cada mañana soy más débil como un viejo o como un niño.

“…Yaundé quiebra los huesos de sus enemigos como si fueran de cristal y mueve sin ayuda los pesados troncos de baobab. Él solo levantó con sus manos esa choza, donde alberga a sus padres ancianos y a sus esposas…”

Tal vez esta vez sí debería empezar el gimnasio. Suena el teléfono. Corro a atenderlo. Esperando ser  envuelto por una voz dulce, una voz tibia de ojos y pelo negro. Hola mamá sí estoy bien no no fui a trabajar sí te dije que estoy bien no no hace falta mañana viene Beatriz. En serio estoy bien no no hace falta chau.

¿Cuánto puede doler una ausencia? ¿El dolor puede multiplicarse al infinito? Por eso no me gustan los espejos… cómo era “cópula and mirrors are abominable…” “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres” Tengo treinta y seis años y los últimos quince he copulado sin multiplicarme. Mi cópula no multiplica nada, mis espejos sí. Por eso los quiero sacar: entia non multiplicanda sunt.
Entraste en esta casa una mañana como ésta. Te cargué en mis brazos, en mi recuerdo no pesabas más que un niño, y yo era más fuerte entonces…hace meses, es decir siglos…
Si me quiero levantar me tendría que bañar, me tendría que afeitar, me tendría que vestir. Puedo afeitarme in usar el espejo… puedo rescatar el último boxer limpio del fondo del cajón. Puedo abrirme paso entre una nube de insectos hasta el fondo de la cocina y buscar una remera de las que están para lavar, si no está muy sucia… total no voy a ir a trabajar. El crujido de una cáscara de naranja bajo mi pie me recuerda que debo llamar a Beatriz. La pila de ropa amontonada bajo el canasto que debo ir al lavadero. La prominencia de mi abdomen, que debo empezar el gimnasio. El dolor de mi cabeza, que debo dejar de tomar. El dolor de mi interior que debo dejar de recordar…
Nos besamos hasta desfallecer y nos dijimos las palabras “te quiero” hasta vaciar por completo su semantismo. Mi pecho era más robusto cuando te apoyabas  en él y mis brazos más fuertes cuando te estrechaban contra mi pecho.
Ahora el rugido del portero. Subí, Juan… No, no fui a trabajar, boludo ¿no ves que estoy acá? No, recién me levanto… tomate unos mates ¿cómo estás? ¿Andrea? ¿Los pibes?
Trato de pensar en Andrea y los pibes. Trato de pensar en otra cosa que no sean unos ojos negros acariciándote el alma mientras una mano te oprime debajo de la mesa y Andrea se pone como loca, no se la puedo ni nombrar y esta noche me escapo, Raúl, me escapo… ¿A dónde escaparme de unos ojos negros?...a un lugar de trampa y es una trampa en la que quiero caer mil veces y volver a caer y decile a Andrea que estoy con vos.
_¿Qué?
-Que le digas a Andrea que esta noche salgo con vos, a tomar unas birras…
-No puedo salir esta noche… mañana si tengo que laburar…
-No, boludo…salgo con una mina…me tenés que cubrir con Andrea… ¿en qué mierda pensabas?

Y yo pensando en el sabor de tu boca, en la caricia de tu lengua en mis pezones, en la caricia de tus dedos en mis vértebras. Y yo pensando en el matorral negro de tus cabellos, en la antracita brillante de tus ojos, en la serpiente interminable de tu espina, en la llanura infinita de tu pecho. Y yo pensando en la suavidad de tus mejillas, la tersura de tu escroto, la bermejez de tu glande… como esa mañana cuando te tenía entre mis brazos y te hacía el amor… esa mañana era más bello, más fuerte y más hombre…y no me importan los  espejos, porque vos mi espejo. Vos me duplicabas en una versión mejorada de mí mismo.Y de repente un estremecimiento sideral,  un estallido… y de repente un río blanco, dos ríos blancos que nos desbordan a los dos, que nos inundan y los dos por fin en paz, el matorral de tus cabellos sobre el matorral de mi pecho y mi brazo derecho abrazando tu cintura y mi brazo izquierdo acariciando tu mejilla, tus tríceps, tu vientre, tus piernas, acariciándote así hasta que te duermas… hasta dormirme yo escuchándote respirar.

No sabés lo buena que estaba esa mina, boludo,  las gomas que tenía, y como la chupa la perra… tiro de esquina para Independiente y ya está todo Boca en el área… y las gomas paraditas, duritas, deben estar operadas… ¿No te llamó Andrea? Peligro de gol… todo Boca en el área… el sabor de la cerveza, tan amargo como esta ausencia…  ya no viene como antes la cerveza, no logra aturdirme… va a patear el hombre de Independiente, va a tirar al arco…y contame que le dijiste a Andrea, que te dijo…se ha salvado Boca…no logran aturdirme ni el estruendoso relato del partido ni la conversación de Juan ni la conversación de los demás hombres sentados a la barra en un espacio demasiado reducido para no molestarse.
_ Le dije a Andrea que fuiste conmigo a tomar unas birras. ¿No habíamos quedado en eso?
_Sí pero…  ¿qué te preguntó?
_ ¿Qué me va a preguntar? Si sabía donde estabas, boludo…

Río blanco que me desbordó sin mojarme. Río blanco desbordándote a vos y a mí. Un manantial que parece que no acaba nunca, pero que se vierte en unos segundos…
Es un embole este partido…debería practicar más deportes y mirar menos…
_¿Qué decís, Raúl?
_ Nada, Juan, no hablé
-Estás raro, vos…

Raro es seguir mirándose en los espejos. Narciso murió por mirarse en un espejo de agua y enamorarse de su imagen. Yo vi mi imagen perfeccionada en un espejo de carne. Nunca me hubiera enamorado de la imagen del espejo del baño.

Yaundé, con su carcaj y su arco, sale a la sabana. Esta mañana es el día. No se despidió de su padre, ni de sus esposas. No lo acompaña ningún otro cazador. La sabana hierve bajo el sol, quema el aire perforado por el batir de  los atabales y el zumbido de los escarabajos Goliat. Yaundé se aleja de la aldea.

El partido que termina, Juan a su casa con Andrea y los chicos, y yo a hundirme otra vez en esta ciénaga, yo otra vez al tacho de basura rebalsado y a los platos acumulados en el fregadero, y a las medias pudriéndose en la palangana…todo se pudre, la putrefacción es un proceso fatal e inevitable…

“… la soledad sonora/ la cena que recrea y enamora”
Esta soledad no es sonora, es muda como una jirafa y no tiene alas, tiene garras y dientes, garras como tenazas y dientes como cuchillos. Lo que suena no es la soledad, no son los atabales ni el zumbido del escarabajo Goliat… es el teléfono, que nunca me trae la voz que espero…hola mamá, claro que estoy bien, fui a ver el partido… empató…con Juan. Juan está bien. Andrea y los chicos están bien. No, mamá. Sí, mamá. Beatriz estaba ocupada, mamá. No hace falta, mamá. No, gracias, mamá.

Gracias mamá. Gracias por no haberme abortado al primer mes de embarazo como hubiera hecho cualquier persona sensata.  Gracias por haberme traído a este mundo de mierda sufriendo tanto en el parto, como me contás siempre. Gracias por haberte puesto gorda y fea por mi culpa. Gracias por no haberme tirado a una cuneta cuando papá te dejó por otra. Gracias por seguir llamándome, aunque me parezca cada vez más a ese miserable, como me decís siempre (o tal vez  por eso)

Yaundé ya está lejos de la aldea. Estira el cuello y otea el horizonte. Por la chata nariz penetra un olor desacostumbrado. Ya casi no se escuchan los atabales y los escarabajos parecen haber enmudecido.

Ahora que lo pienso, mi padre fue mi primer espejo. Creo que por eso odio los espejos.

-¡Que grande está tu nene, Rosita! ¡Ya es un hombrecito! ¡Es igual al padre!

-Desagradecido igual que tu padre tenías que ser. Salí de acá

Mi padre se la pasaba tirado en el sofá del living. Tenía una panza como la de Papá Noel en los dibujos y un olor que después supe que era la mezcla de alcohol y tabaco.
¿Por qué decían que me parecía a él si mi mamá me perfumaba con colonia todos los días?

Yaundé otea otra vez la lejanía, como esperando, como buscando, como llamando…. Hasta que una mancha aparece en el horizonte. La mancha se va acercando, tomando forma, se va dibujando nítida bajo el sol de la sabana.

El marsupial tendido en el sillón me estrechaba entre sus brazos y me obligaba a besarlo. Era como besar a un oso, aunque dudo que los osos huelan a tabaco y alcohol. Y volvía a repetir que me parecía a él. En ese entonces empecé a odiar los espejos.

Bajo el sol de la sabana, los miembros lustrosos, el lomo soberbio, los músculos en espera, las garras aprontadas, las fauces anhelantes, la melena implacable, los ojos encendidos. El hocico levemente levantado, huele el aire de la misma manera que la nariz de Yaundé.

¿Cómo no odiar los espejos si todos me devolvían la misma imagen? Hasta mucho tiempo después me siguieron devolviendo esa imagen. Solamente esa noche, cuando te tuve entre mis brazos, pude verme en un espejo que me duplicaba, mejorándome. Y acaricié un cuerpo que podía ser el mío, pero no era como tocar la piel de un oso: era como pasar la mano por un tobogán de satén. Y el olor de esa piel no era de tabaco ni de alcohol, nunca supe de flores que olieran igual.

Se miran, se olfatean, se estudian. Ninguno de los dos se mueve, ni mueve uno solo de sus vigorosos músculos, ni   se mueve un solo pelo de los cabellos del hombre ni de la melena de la fiera. Se han quedado mudos, expectantes,  estáticos, frente a frente como dos estatuas, bajo el sol de la sabana.

Por eso quiero sacar de esta casa todos los espejos. Hasta que vuelvas. Mientras no pueda mirarme en tus ojos, mientras no pueda reconocerme en tu cuerpo, no quiero encontrarme en ningún otro espejo. Naciste diecisiete años después que yo, pero de alguna manera ya existías cuando me escapaba de los abrazos del marsupial en el sillón, cuando pugnaba por purificar mi cuerpo del olor a alcohol y a tabaco, existías en la profundidad de mi deseo, un deseo que todavía no tenía nombre ni cara (o que todavía no me atrevía a ponérselos) Ahora mi deseo tiene tu nombre, tiene diecinueve año y unos ojos negros como faroles de antracita, y una cabellera oscura que cae sobre ellos y una risa de dientes como pájaros silvestres. Como un Coridón urbano no puedo hacer otra cosa que llamarte, pero no puedo ofrecerte canastillos de azucenas, ni membrillos, ni castañas ni cabritos. Como un Narciso posmoderno persigo una imagen. Por eso voy a sacar de esta casa todos los espejos. Ya no iré a la oficina, ya no iré a mirar el fútbol, ya no atenderé a mamá, ya no atenderé a Juan. Mejor quedarse aquí, encerrado, sin espejos, sin reflejos, esperando que vuelvas, esperando que vuelva la única imagen que me completa, el único reflejo que me mejora.

Bajo el sol de la sabana, el mismo destello parece brillar en los ojos del hombre y de la fiera. Finalmente sucede. El león ruge y avanza. Yaundé suelta el arco y el carcaj, cae de rodillas en la hierba y con los brazos abiertos (y hambrientos) se entrega a una orgía de dientes y garras, de dientes, garras y carne desgarrada. A lo lejos, en la aldea, las esposas esperan. El padre anciano hace como que espera, pero sabe que no. En esa aldea nunca conocieron los espejos, al único forastero que se atrevió a mostrarles un espejo lo sumergieron en un caldero hirviente, como se hace con los portadores de potencias demoníacas.  Eso no lo saben las esposas, pero sí el padre anciano, que finge esperar sentado junto a la choza, mientras escucha el sonido de los atabales y el zumbido de los escarabajos Goliat.




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