LA NOCHE DEL GLADIADOR (CUENTO)
Aunque la lengua se me pegue al paladar seguiré peleando.
Aunque el oxígeno abandone mis pulmones seguiré peleando.
Aunque el dolor taladre mi costado como una lanza afilada seguiré
peleando.
Manu se esforzaba en recordar el
mantra de los viejos luchadores, aprendido hace ya bastantes años, en el dojo
del pelado Nico. ¿Cuántos años? No lo
podía recordar, la cuenta de los años se le perdía. La propia noción del tiempo
se le perdía: ya no sabía cuantos minutos llevaba de bruces contra la lona, ni
cuanto hacía que había entrado a la jaula: podrían ser horas, quizás días, tal
vez años. Los golpes que había recibido le habían obturado la consciencia, pero
sin desvanecerlo del todo. Trató de recuperar los sentidos, paladeó el sabor de
la sangre en su boca, la tragó para distraer un rato la sed. Trató de escuchar
las indicaciones de su coach, pero todas las voces del gimnasio se fundían en
una misma masa sonora de la que no podía extraer nada inteligible. Por
instinto, se arqueó en el suelo hecho una bola, con el mentón pegado al pecho
para proteger el cuello. Su adversario, pesado como una roca encima de él, se
lo buscaba con desesperación. No
pudiendo encontrarlo volvió a golpear: uno, dos tres mazazos cayeron sobre la
cabeza de Manu, que atinó a cubrirse para amortiguar el impacto: ahora los
golpes caías sobre s manos y no sobre su oreja. Encogido sobre la lona, cerrado
como un caracol dentro de su concha, aspirando el último hilo de aire, el final
era cuestión de tiempo.
Entonces escuchó.
En primavera, el parque municipal se llenaba de flores y de insectos,
el aroma dulzón de los tilos invadía el aire y si era domingo o día festivo, la
vera del arroyo se llenaba de personas y de perros. Los días de semana, menos
concurridos, los paseantes matinales podían observar a dos hombres que todos
los días corrían al costado del arroyo. El mayor de los hombres había pasado
los cincuenta, el menor, no llegaba a los cuarenta. El mayor no superaba el
metro sesenta, el menor pasaba del metro noventa y tenía la musculatura flácida
de quien había hecho mucha gimnasia pero había dejado de frecuentarla. Además,
bajo el short se insinuaban los rollos de grasa que la edad y la mala alimentación,
habían añadido a la masa muscular cultivada en la juventud. Su acompañante,
bastante más gordo y menos hipertrofiado, lo seguía con un cronómetro de de vez
en cuando, le daba indicaciones para que alternara el trote con flexiones,
abdominales o sentadillas. El más joven obedecía, con esa sumisión arisca de
los que no están acostumbrados a obedecer, pero se allanaron a hacerlo por
alguna razón muy poderosa.
-Vamos, ahora flexiones... uno dos, tres cuatro... más cerrados los
codos, campeón... no estás cansado, es algo mental... vamos, Gladiador...
¿quién va a ganar?....decime...¿Quién va a ganar?
-¡El gladiador!
–
¡Eso, así me gusta!..vamos, champion..ahora
sentadillas: una, dos, tres...
–
¿Qué hora es, Tito?
–
Hora de que sigas corriendo, Gladiador...dale...
si completás la vuelta, hoy hay premio.
El premio, era una cerveza con maníes en el mismo bar en el que se
habían conocido, o mejor dicho, se habían encontrado. La única permitida de la
semana...(Tito había tratado de amenguar aun más la dosis, sin éxito, y se dio
por satisfecho con esa victoria pírrica). También había tratado de cambiar el
lugar, la atmósfera del bodegón le resultaba poco inspiradora para el actual
propósito: ese hueco sórdido, mal
iluminado por las lámparas bajo consumo, donde los banderines de fútbol apenas
podían cubrir las manchas de humedad de las paredes, donde el polvo se
acumulaba en las vitrinas a las que nadie parecía haberle pasado un trapo por
meses, con parroquianos viejos o envejecidos
que apenas hacían tiempo para intercalar unas palabras cuando no se aplicaban a
la tarea de consumir litros de cerveza, fernet o grapa, no parecía el lugar más
propicio para alumbrar el regreso de una gloria deportiva.
Pero en eso, el Gladiador, había
sido aun más inflexible.
_¡Vamos, Emanuel, tenés que salir de ahí!
Él siempre había sido “Manu”, para todo el mundo, o “el Gladiador”, en
el mundo del combate. Así lo habían apodado en el dojo del pelado Nico, y así
quedó bautizado la noche de su primera pelea, cuando un oportuno triángulo,
producto de su habilidad y de la ventaja natural de sus piernas largas, lo
declaró ganador por sumisión en el segundo asalto. Así lo aclamó el público esa
noche. La noche del gladiador.
Solamente para ella, siguió siendo “Emanuel”, como en el patio de la
escuela.
Muchos años después de esa primera pelea, y unos meses antes de esa
mañana de primavera Roberto Donossi, por mal nombre “Tito” emborrachaba su
soledad en la barra de “El aguante”, el bar que quedaba a unas cuadras de su
casa. No iba muy seguido, en realidad no iba nunca, pese a que el propietario y
él habían sido vecinos y amigos desde la infancia. Pero ese domingo, el
televisor se le había roto, y lo enfrentó a la alternativa de ir al bar o pasar
una tarde de domingo sin fútbol, o sea, un pase directo al suicidio. Después
del partido, cuando iba por el quinto vaso de fernet con coca, se trenzó en una
discusión, medio en broma medio en serio, con el cantinero acerca de las
proporciones de ambas bebidas.
-Dejate de joder, Gallego...me diste coca cola con tres gotas de fernet
-Dejate de joder, vos o te mando al gladiador
-¿A quién?
-A ese grandote... el gladiador...
Sólo en ese momento Tito reparó en el grandote melancólico que bebía
cerveza en un rincón del local. Acodado
en su mesa, sin más compañía que la botella semivacía, los ojos brillantes en
el profundo pozo de las ojeras azules, la cara macilenta semivelada por la
barba de tres días y la capucha del buzo, que no se había bajado en ningún
momento, acomodaba con poco éxito sus metro noventa en la exigua mesita individual de “El
aguante”. No miraba televisión. No leía
el diario. No hablaba con nadie. Permanecía sentado, con la vista fija en un
punto indefinido del local, llevándose de vez en cuando el vaso de cerveza a la
boca.
–
¿Le dicen el gladiador porque es grandote?
–
Por eso, y porque en una época peleaba MMA... hace
años...
El gigante se levantó torpemente. En la acción chocó una mesa vecina.
Balbuceó una disculpa. Pesadamente, como un lobo marino fuera del agua, caminó
hacia el baño... al pasar junto a la barra, se inclinó junto a Tito y le pidió
al cantinero que le alcanzase otra cerveza a la mesa.
Entonces Tito se puso a pensar. Y recordó. Recordó una noche de
primavera. Recordó un club de barrio iluminado a pleno. Recordó un cartel en la
puerta de ese club de barrio: HOY GRAN EVENTO DE MMA. Recordó un puesto de
choripán y otro de panchos y hamburguesas. Recordó a su esposa con un vestido a
lunares rojos. Recordó a su hijo de ocho años corriendo entre las butacas.
Recordó un octágono iluminado a giorno. Recordó una pelea, y a a toda la
concurrencia saltando y aplaudiendo, y a su hijo diciendo “Papá, yo quiero
hacer eso”. Recordó a su esposa horrorizada diciendo que de ninguna manera tu
padre y yo te vamos a dejar hacer esa salvajada y decile algo Roberto, y esto
pasa por traer al nene a este antro. Recordó a un muchacho joven y lindo,
bañando de sudor y sangre pero feliz y riendo a carcajadas. Reconoció aquella sonrisa diáfana en la mueca hostil
del borracho, aquella mirada limpia en esos ojos hundidos y vidriosos, aquel
rostro sonrosado y lampiño en este demacrado y barbudo. Sintió pena.
Que el Valor y la Fuerza, que engendran la alada Victoria, te acompañen
siempre. Que los huesos de tus enemigos sean cristal entre tus manos. Estaba
escrito en una pared del dojo del pelado Nico...¿Por qué no podía recordar como
seguía?... No podía recordar, no podía pensar con un brazo hercúleo buscándole
el cuello y un “Emanuel” bailando en los oídos...
–
¿Cómo estás, campeón? ¿Puedo sentarme?
–
Me gustan las mujeres, abuelo...
Tito se quedó mudo pensando en cuál de los sarcasmos debería contestar
primero: si el referente a su sexualidad o el que aludía a su edad, y en cuál
es la mejor forma de reaccionar frente a un sarcasmo a un tipo de cien kilos y
un metro noventa de altura. Eligió seguir la joda.
-Mirá, que no quieras darme un besito me la banco, pero lo de abuelo no
te lo permito... solamente por eso me vas a tener que invitar a un trago...
Hizo ademán de extender el vaso pero el otro no hizo el correspondiente
de servirle, y no tuvo coraje para servirse solo. Eligió en cambio, darle
una prudente palmadita amistosa en el
hombro al urso, y reírse solo de su propio chiste, para seguir tratando de encauzar la conversación.
-Che, vos peleás MMA, no
-Peleaba... ¿Por qué?
–
Yo te fui a ver cuando debutaste
–
Ahhh
–
Qué pelea esa...mi pibe quedó como loco... como
acá no había MMA, lo tuve que mandar a taekwondo, hasta que abrió un dojo y se
anotó... quería ser como el gladiador...
jeje
Manu se sirvió otro trago con gesto inexpresivo, como si estuviera fastidiado por el reconocimiento... sin
embargo, no parecía querer dar por terminada la charla
-Yo también tengo un hijo
–
Ah, que bien...debe ser chico...sos joven..si eras
un pibe cuando te vi pelear....
–
Tiene diez años
–
Que bueno...¿y que tal se porta? ¿Quiere ser
luchador como vos, no?
–
No tengo idea... hace mucho que no lo veo
–
…
–
Por culpa de la turra de la madre
–
Ah... mira vos... yo al mío tampoco lo veo hace
mucho
–
¿Por culpa de la madre también?
–
¿Por culpa de la madre?... no...se podría decir
que por culpa mía.
El grandote y miró hacia la vereda.
-Che, pibe...¿Estás peleando ahora?
-No,pa, ya colgué..ni siquiera entrenando estoy.
–
Qué cagada... tenés que volver a pelear, si sos un
fenómeno... me acuerdo de esa otra pelea, en el club Unión... nunca había visto
a nadie encajar un mataleón con esa elegancia...por algo te dicen el Galdiador
–
El Gadiador ya no existe. Ahora soy solamente
Emanuel... Manu
–
Y yo soy solamente Roberto…Tito...
El grandote parecía haber domesticado su desconfianza, y estrechó la
mano que el otro le ofrecía, por encima de la mesa.
_ Gallego, traete otra birra, exigió.
Desde ese día, empezó a ser una postal común la silueta de los dos
hombres recortada contra la vidriera de “El Aguante”, compartiendo una cerveza
rubia o sendos vasos de fernet. Tito solía traerle revistas de artes marciales,
relatarle las peleas de la UFC, hablarle de MacGregor, de José Aldo, de
Anderson Silva y de todo lo que pudiera revivir en su amigo la pasión y la mistica
de la pelea.
¿Como seguir peleando cuando uno ya fue derrotado tantas veces? En el
octágono de la vida no hay árbitro, y el Destino es un adversario tramposo, que
finge no escucharte cuando tocás. ¿Pero hay adversario tramposo que pueda
contra un peleador decidido?, Rápido: vamos a buscar mi bucal, mis guantes de la suerte y mi ropa de luchador... los dos
amigos recorren las cinco cuadras que separan el bar de la pensión donde vive
Manu, entran, cruzan dos patios llenos de ropa tendida, de niños y de gatos,
abren la puerta de la habitación, cae un chorro de luz sobre la cama sin
tender, dos cucarachas flacas y
alargadas corren a refugiarse tras los escasos muebles...el grandote le indica
a su amigo que abra el baúl que tiene como único mobiliario, además de la cama
y la mesa. Tito lo abre y revuelve, y entre jeans, remeras, sábanas y toallas,
casi en el fondo encuentra un kimono blanco percudido, unas bermudas
descoloridas, un par de guantes raídos , un tibial solitario... lo exiguo del
equipamiento no parece desanimarlo, entusiasmado como un niño, le arroja los
guantes a Manu.
_Gladiador, vamos a entrenar...
Después de meses de un invierno
sombrío llegó una primavera tan
cálida y untuosa, que parecía verano. Florecieron los tilos junto al arroyo y,
los limoneros en los patios de las casas más viejas, las madreselvas en el
tapial de la casa de la exesposa de Tito, el amor en el corazón de los
adolescentes, la esperanza en en el alma de Tito, que entró al bar casi
corriendo, alborozado como un estudiante,
ni saludó al Gallego y tiró una revista sobre la mesa de Manu a modo de saludo
_ Mirá. Manu, esta es la nuestra
–
¿Qué te pasa,
Tito?, aguantá...te volviste loco
–
-Mirá
–
-¿Qué querés que mire?
–
Esto, Manu, esto... ¡En tu pueblo!
–
Tito agitaba la revista y señalaba el recuadro
donde se leía. “COMBATE EXTREMO: GRAN EVENTO
–
¿Querés que vayamos a ver eso?... Son casi
doscientos kilómetros.
–
A verlo, no
–
¿Pero vos no estarás pensando?...
–
Sí, Manu, sí...¡El regreso del Gladiador!
–
Vos estás en pedo...
–
No, Manu... imaginate
–
Imaginate qué...que me van a cagar a piñas, eso me
imagino...tengo casi cuarenta pirulos, estoy fuera de estado, llevo años sin
entrenar, chupando como una esponja y comiendo chatarra...
–
Pero, Manu, si estamos entrenando
–
Entrenando...pero vos no tenés idea de lo que es
entrenar, boludo...tenemos que ir a un gimnasio
–
Ya arreglé...Tengo un amigo que abrió un dojo acá,
en la otra cuadra...él no tiene drama en entrenarte... no va a cobrar mucho, lo
puedo pagar yo
–
Escuchame...
–
Dale, Manu, no podemos dejar pasar esta...
–
¡Pero que te pasa, gil! ¡Por qué no te metés en
tus cosas! ¿Por que no me dejás de joder???_ Manu le pegó un puñetazo a la
mesa, que hizo temblar el vaso y la botella, y llamó la atención de los
parroquianos de las mesas vecinas, y del Gallego que miró hacia la mesa con
cara de espanto...
_¡Rompiéndome las pelotas a mí no vas a recuperar a tu hijo! ¿Me
escuchaste?...Superalo de una puta vez...
Manu se levantó violentamente y salió del bar enfurruñado, sin saludar
a nadie. Tito se acodó en la mesa
_ Traeme una grapa, Gallego... pidió con un hilo de voz.
Esa noche, Tito se detuvo frente a la puerta de una casa con el tapial
cubierto de madreselvas. Prendió un cigarrillo negro y se puso a fumarlo
despacito. La puerta se abrió y salió una mujer gorda y desgarbada, con una
bolsa de basura.
-¿Qué hacés acá, Roberto? Fue todo el saludo
-Andaba cerca y pasé- mintió el hombre.
La gorda acomodó la bolsa en el cesto con gesto cansado.
–
Es muy tarde... ya me voy a acostar, Roberto
–
Bueno…chau.
–
Chau.
--No me gusta que hagas eso... es peligroso
-Ufa, papá, convencela
-La vida misma es peligrosa, Marta... no seas tan hinchapelotas.
Además, que le peguen un par de piñas no le va a venir mal.
–
¿Cómo decís eso? Claro, como la que lo cuidó
siempre fui yo...para vos es fácil...
Finalmente, tuvo la ayuda menos esperada: su suegra.
.
Martita, ya sabés como son los hombres... Les encanta jugar a pegarse y
esas cosas. Les tenés que seguir la corriente, porque si no, salís perdiendo.
Dejá que vaya con Tito a aprender eso, que se ocupe él de algo, que para eso es
el padre...
Tito acompañó a su hijo al dojo las primeras tres clases. Después, a
pedido de él “Papá, no tengo siete años, los muchachos me cargan” dejó de
hacerlo... hacía tiempo,tomando algo en el bar del Gallego, hasa que se hacía
la hora de ir a buscarlo. Marta finalmente cedió, cuando Agustín tuvo su primer
torneo el orgullo fue más fuerte que el
temor y ella misma se encargó de bordarle su nombre y el de su equipo en la
espalda del kimono, y de lavarlo todas las semanas.
-¿Qué me decís que pasó? ¿Un accidente? ¿Mi hijo!!
–
No se lo que pasó, Tito, estaba luchando con José,
un mataleón cervical, no tocó...vos sabés que nunca quería tocar…y eso que le
decíamos...
–
¿Pero por qué no paraste la lucha?
-No lo vi estaba en la otra punta, Tito, son muchos, no puedo estar en
todo, tienen que tener responsabilidad. Te dijimos que
-Calláte... y rezá para que no le pase nada a mi hijo...
Las que rezó fue Marta ,nadie la pudo sacar de la capilla del hospital,
si no era para estar a la cabecera de la cama de Agustín. Tito también rezó,
aunque no lo hacía nunca y no había entrado en una iglesia desde su casamiento.
Pero los poderes divinos se mostraron, una vez más, impotentes o insensibles:
Agustín nunca recuperó la conciencia y murió, parapléjico, una semana después.
Tito volvió a su casa y se bajó solo una botella de vino tinto. A la
mañana siguiente el sonido del teléfono lo despertó de un sueño intermitente,
atormentado por la resaca y las pesadillas.
_Soy yo, Tito, soy Manu...lo pensé mejor...lo voy a hacer.
La rutina incluía una hora diaria de trote y ejercicios, tres días de
entrenamiento de grappling y dos días de boxeo. Y la dieta, por supuesto. Eso
fue lo que más costó. Tito le pidió a Manuel que abandonase la pensión y se
instalara en su casa, para que tuviera un lugar donde cocinarse y abandonara la
comida chatarra. Con el alcohol, acordaron el permitido de los domingos. Manu
mataba la ansiedad de la abstinencia con el ejercicio. A veces se medía con
todos los alumnos del dojo, hasta quedar extenuado. En esos momentos, quería
abandonar. “No doy más, Tito, no voy a aguantar ni un round, voy a hacer un
papelón”. Su amigo lo animaba, le recordaba que entrenándose hasta el límite de
sus fuerzas era la única forma en la que iba a ganar aire y resistencia. Pero a veces él mismo se sentía desanimado,
como si estuviera haciendo un esfuerzo inútil, como cuando Manu llegó borracho
una mañana, apenas dos horas antes de la hora convenida para salir a correr.
_ Yo tiro la toalla, loco... así no se puede
-Perdoná, Tito...es que me crucé con unos muchachos amigos y…
-No me vengas con excusas ahora
No me vengas con excusas, Emanuel. Estoy harta. ¿Donde estuviste hasta
esta hora? No te importa nada... ni tu hijo te importa. ¿No ves que no doy más?
La pelea estaba pactada para los primeros días de enero. Con mucho
esfuerzo, Manu logró bajar cinco kilos y mejorar sus combinaciones de golpes.
Supo que su rival tenía veinticinco años, y dos combates ganados por sumisión.
Los organizadores del evento habían logrado un poco de prensa con “el regreso
del Gladiador”... “A mí me enseñaron que las leyendas son mentira”, contestó
escuetamente el muchacho cuando le preguntaron que sentía al enfrentarse con
una leyenda como Emanuel Fernández, el Gladiador.
Otro periodista, más incisivo, sacó a relucir una historia un poco más
sórdida, que incluía robos menores, peleas callejeras, disturbios en la vía
pública y una condena a ocho años de prisión. Ese día Manu tuvo un estallido de
furia que Tito apenas pudo contener, con la ayuda del profesor del dojo.
_¡Ya te dje que esos hijos de puta iban a empezar a revolver mierda!
¡Por algo no quería volver!
-Tranquilizate, Manu... lo hacen para promocionar el evento, nada más
_¡Qué se metan el evento en el orto! ¡Yo no voy! ¡Que el puto ese pelee
con algún muñequito de torta!
Sin embargo, al otro día estaba tirando guantes en el dojo.
El día anterior al evento, Tito y Manu viajaron en micro: ninguno de
los dos tenía auto, y nadie del dojo no
quiso ir. Llegaron justo para el
pesaje. En la puerta del club, se cruzaron con el adversario: tan alto como
Manu, pero unos kilos menos, el torso fibroso cubierto de tatuajes, de dirigió
a Manu una mirada de odio demasiado ostensible para ser real. Pareció dudar
unos segundos antes de decidirse a
estrechar la mano que Manu le tendía.
_ Es un honor para mí tener como oponente a una gloria pasada de este
deporte- dijo. Y atrajo a su rival hacia sí, para estrecharlo en un abrazo.
-Estás muerto- le susurró al oído
-Vas a salir en cajón, pendejo- le contesto Manu en el mismo tono.
El diario local publicó una foto de los dos combatientes, fundidos en
un abrazo fraternal.
Parecía que el tiempo no hubiera transcurrido. Parecía el mismo club de barrio, con las
mismas butacas, la misma iluminación, el mismo puesto de choripanes... la
jaula, imponente en el medio del salón, como un útero gigante esperando recibir
dos oponentes para parir un ganador, parecía la misma. Manu solo podía percibir
el paso del tiempo en su propio cuerpo, en los rollos de grasa que el ejercicio
y la dieta no habían logrado eliminar... miró
su alrededor: el salón se estaba
llenando.
-¿Estás tranquilo, campeón? ¿Querés algo? Tito le puso una mano en el
hombro, y le sonrió
-Vamos a calentar un poco, Tito.
El primer round transcurrió sin sobresaltos. Los rivales caminaron por
la jaula, midiéndose. Manu mantenía la distancia jabeando. El otro tiró un par
de patadas: tenía piernas largas y flexibles, como dos tentáculos. Unas las esquivó,
en otra se cubrió y recibió el impacto en el brazo, en lugar de en la cabeza
(lo que lo habría noqueado inmediatamente). Manu aprovechó ese momento en el
cual su oponente quedó momentáneamente descubierto y tiró un derechazo recto,
que impactó en el rostro. El oponente acusó recibo, pero permaneció imbatible:
como pegarle a una roca. Cuando la campana marcó la finalización del round Manu
estaba ahogado, más por la adrenalina que por el esfuerzo real. En la esquina
Tito, oficiando de coach y asistente, le dio de beber y le limpió el sudor.
-Achicá distancia y buscá el derribo… .dale..y escuchame solamente a
mí, no a la gente... nosotros no trajimos hinchada y él es local.
-Sí... ya escuché que me gritan “chorro”, “falopa” y “cabeza”
-No los escuches... solamente escuchá mi voz...
Manu se puso el bucal, y respiró profundo. El árbitro ya marcaba el
final del descanso y una llamativa mujercita circunvalaba la jaula con el
número “dos” en alto. Manu y su oponente chocaron guantes en medio de la jaula. Casi
inmediatamente, sin tregua, recibió un voleado que, por encima de su
guardia, le alcanzó el parietal. “Este hijo de puta tiene brazos largos”, llegó
a pensar, antes de sentir esos mismos brazos rodeando su cintura, buscando el
derribo. Tuvo el reflejo de atrapar en
guillotina el cuello del otro. Cayeron al suelo. Manu trataba de mantener la
presión en el cuello, pero se le hacía imposible. Se concentró en rodearle el
cuerpo con las piernas y lo logró, ahora lo tenía en su guardia. El otro, intento
golpearlo en la cara, Manu aprovechó el gesto y atrapó el brazo derecho, lo
tenía servido para el arm-bar. Se perfiló para
buscarlo, pasó la pierna por delante de la cabeza del otro. Levantó
cadera y empujó. El otro mantenía el equilibrio y se achicaba, evitando que
Manu le hiperextendiera el brazo. Manu buscaba la articulación del codo con su
pelvis, pero se dio cuenta de que le quedaba lejos. Intentó una omoplata, pero
su rival fue otra vez más rápido, y mediate un roll se escapó. Rápidamente volvió
a pararse y volvieron a quedar frente a frente. Manu notaba que el otro estaba
bien plantado, pero su respiración entrecortada denotaba las huellas del
cansancio. Decidió mantener lo que quedaba del asalto en pie, y buscar que su adversario se agote.
La campana sonó para liberarlo de ese asfixiante suplicio.
En el tercer asalto, el adversario de Manu parecía decidido a liquidar
la pelea. Después de un intercambio de golpes, se trabaron en la esgrima y el
otro le ganó la espalda. Manu trató de sacudírselo mediante un lance de judo,
pero le fue imposible, y terminó cayendo al suelo con el otro encima.
Consciente de lo difícil de la situación, Manu se hizo una bolita, pegó la
cabeza al cuello y se concentró en resistir. En ese momento, varias imágenes,
empezaron a desfilar por su mente. Los entrenamientos en lo del pelado Nico. El
primer beso con Karina, en el patio de la escuela. La primera pelea en, el club
del barrio. Un cumpleaños en el mismo club, las largas mesas de tablones
cubiertas de manteles de hule, alineadas y repletas de vasos de plástico y
botellas de vino y cerveza, su padre asando unos pollos en la parrilla gigante
y Karina, embarazada de ocho meses, condimentando una ensalada de papa. La
cerveza con los amigos, después de entrenar. El incómodo encierro de un
patrullero. Un nombre y una fecha, tallados a mano en la pared de un calabozo,
abajo de una frase NO ME LO MEREZCO.
Al principio, le pareció que esa voz que repetía su nombre pertenecía a
esa galería de fantasmas. Pero al volver a escucharla, más nítida, comprendió
que no....haciendo un esfuerzo sobrehumano estiró su pierna, atrapó el pie que
su rival trataba de cruzarle para retenerlo y explotó. Otra vez la luz...otra
vez el aire. Manu llegó a incorporarse y a ponerse en guardia... su rival,
agotado por el esfuerzo, no llegó volvió a embestir. La campana marcó el fin
del asalto y de la pelea. Manu volvió a su rincón en un estado de
semiinconsciencia. Escupió el bucal, tomo el agua que Tito le ofrecía, y volvió
al centro del octágono, donde el árbitro levantó la mano de su rival, aclamado
ganador por puntos ante la ovación general. Manu parecía no escuchar, su vista
fija en un punto de la platea.
Minutos más tarde, ya duchado y cambiado, Manu abrazaba a un niño de
diez años en la vereda del club.
-¡Que grande que estás, loco!...
_Soy el más alto del salón, pa...
_ Sus compañeritos le hablaron de la pelea_ dijo Karina-Estuvo toda la
semana diciéndome que quería venir
_ Espero que no se haya desilusionado.
_No te preocupes... yo le hablé, le dije que su papá había estado mucho
tiempo sin entrenar, y que así es muy difícil ganar. Pero que igual tenía que
estar orgulloso de vos, que habías ganado muchas veces...él vio los videos de
tus peleas.
_ ¿Cuándo vas a venir a casa,
papá?...
–
Cuando tu mamá me invite- dijo, Manu, abrazando a
su hijo pero mirando a Karina
-
Vivimos en la misma casa de siempre- dijo ella por
toda respuesta.
Un falcon viejo estacionó en la puerta del club. Un hombre de unos
cuarenta años descendió y se acercó al grupo.
–
Emanuel, te presento a mi marido, José. José, él
es Emanuel, el papá de Lucas.
Los dos hombres se estrecharon la mano.
_ Un gusto, capo... disculpá que no pude venir, estaba laburando.. . yo
te vi pelear creo que en el 95...pasá por casa un día... un domingo, si
querés, tenemos una parrilla, hacemos un
asado...
_Dale.
Manu volvió a besar y a abrazar a su hijo. Después le dio un suave beso
en la mejilla a Karina. José ya había vuelto a ocupar su lugar en el asiento
del conductor, Karina y el nene subieron después. Manu saludó una vez más, con
la mano. El automóvil arrancó y Manu se quedó solo en la acera. Buscó un atado
de cigarrillos en el bolsillo de su jean, pero se acordó que al comenzar el
entrenamiento, había dejado de fumar.
Tito se acercó con un paquete de Malboro... le ofreció uno y le dio
fuego
_Hoy te podés fumar uno... es tu noche...
Manu apretó el cigarrillo en su mano, hasta hacerlo polvo.
Tito... ¿A qué hora salimos a correr mañana?

Muy lindo
ResponderEliminarGracias!
EliminarMe ha encantado tu relato. Está muy bien escrito. Muy bien, la verdad. Desde la presentación de ambos personajes a como introduces sus vidas en el texto. Tienes un gran manejo del tiempo narrativo. Me ha gustado mucho tu manera de intercalar los flasbacks en el presente del texto. También he visto un gran dominio en el perfil de los personajes en como los describes a través del aura que les envuelve. Me has traído, leyéndote, aromas de aquella literatura estadounidense de la generación perdida encabezada por Hemigway y aquella gran novela de Heinz, "El profesional". La ambientación es perfecta. Tu texto tiene muchísima calidad a mi criterio. He disfrutado mucho con todo lo que has expuesto y con cómo lo has expuesto.
ResponderEliminar¡Muchas gracias! Estás invitado a visitar mi página de autor en Amazon y conocer mis libros. https://www.amazon.com/-/es/Santiago-Idiart/e/B088C3FZ9M/ref=dp_byline_cont_pop_ebooks_1
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