LA BALADA DE LA PIEDRA QUE LATÍA (FRAGMENTO)
"El día 16 por la mañana, Matilde Ferreira le pasaba el plumero a los
muebles en su casa. Había puesto la radio, que se estaba convirtiendo
en su única compañía. Últimamente su esposo era casi una visita en el
hogar. cosa que a ella le daba alivio..
—De pronto, él entró como una tromba.
—Agarrá tu abrigo y acompañame– le dijo sin saludar.
—¿A dónde vamos?
—Por el camino te explico. No me hagas perder tiempo.
—Matilde se puso un abrigo de media estación, un sombrero con
flores y tomó su cartera. Máximo la tomó de la mano y la condujo
hasta el automóvil que aguardaba en la puerta. Se acomodaron en el
asiento trasero, y le dio una indicación al chofer.
—Preparate. Hoy vas a conocer a una de tus artistas favoritas,
querida.
Se detuvieron frente a la entrada de un coqueto edificio de departamentos.
El portero les franqueó la entrada y subieron en la jaula del
ascensor hasta el tercer piso. Entraron a un departamento donde varios
hombres rodeaban a una mujer rubia y flaca que fumaba sin parar
y sollozaba.
—Señorita Duarte– dijo Máximo. –Acá le traje a mi señora para
que le haga compañía un rato. Nosotros nos vamos.
—¿Y para qué quiero yo acá a esta mamerta? ¡Vayan a sacar a Perón
de la cárcel, pelotudos!
—Estamos haciendo todo lo posible, señorita.
—Hagan lo imposible entonces…váyanse de acá.
—Hasta luego, señorita Duarte. Le prometo que volveremos con
buenas noticias– Dijo uno de los hombres. Y todos se dispusieron a
retirarse.
Matilde se colgó del brazo de su marido cuando este estaba saliendo
por el vestíbulo.
—No me dejes acá– le imploró en voz baja.
—¡Matilde! ¡Haceme quedar bien, se trata de mi carrera! ¡Quedate
con la señorita y atendela en lo que necesite! –le replicó Máximo en
un susurro.
—¿Pero no ves que ella no me quiere?
—¡Bueno, dejala que te insulte un rato! Está nerviosa y necesita
desahogarse. ¡Una vez que te pido ayuda en algo, Matilde! ¡No seas
egoísta!
Y se fue, cerrando la puerta del departamento como una
lápida.
Matilde volvió temerosa a la sala donde Evita acababa de encender
otro cigarrillo.
—¿Necesito algo, señorita? Si me indica donde queda la cocina, le
preparo un té.
Evita la miró con asco sin contestar. Cohibida, Matilde, se adelantó
y agarró de la mesa el cenicero de cristal cargado de colillas.
—Lo voy a limpiar… yo la escuchaba siempre en la radio, señorita. Me
encantaba la radionovela esa de las mujeres famosas…y también la vi en
una película, esa que hizo con Libertad Lamarque…estaba muy linda.
Evita la fulminó con una mirada de odio.
—¿Vos no sabés quedarte callada, no, pánfila? Encima me tenés que
nombrar a esa conchuda de la Lamarque. Estará contenta, esa soreta.
—No debería estar tan nerviosa...le va a hacer mal
—Qué fácil, vos lo decís porque no tenés a tu marido preso…y porque
es tu marido. Yo ni siquiera estoy casada. Si Perón no sale de la
gayola, me comen los piojos.
En este punto, su agresividad se trocó en desconsuelo y rompió a
llorar. Matilde sacó un pañuelo de su cartera y se lo alcanzó.
—Eso no va a pasar, señorita. Usted es una artista famosa, puede
trabajar.
—¿Todo hay que explicarte, tarada? ¿Vos te creés que alguien me va
a volver a dar trabajo a mí si Perón queda en chirona? Estoy perdida…
—Pero Perón va a salir, señorita Eva…mucha gente lo quiere y va a
hacer fuerza para que salga.
—Esos desagradecidos no quieren a nadie. Querían el aguinaldo,
los feriados y la platita a fin de mes. Pero ahora que Perón los necesita,
no van a hacer nada. Acordate de lo que te digo…los hombres, y su
puta mierda de política…
Matilde prefirió no contestar y se dirigió a la cocina– que ya había
ubicado mediante una rápida mirada en torno del departamento– a
lavar el cenicero y buscar té o café para preparar."
muebles en su casa. Había puesto la radio, que se estaba convirtiendo
en su única compañía. Últimamente su esposo era casi una visita en el
hogar. cosa que a ella le daba alivio..
—De pronto, él entró como una tromba.
—Agarrá tu abrigo y acompañame– le dijo sin saludar.
—¿A dónde vamos?
—Por el camino te explico. No me hagas perder tiempo.
—Matilde se puso un abrigo de media estación, un sombrero con
flores y tomó su cartera. Máximo la tomó de la mano y la condujo
hasta el automóvil que aguardaba en la puerta. Se acomodaron en el
asiento trasero, y le dio una indicación al chofer.
—Preparate. Hoy vas a conocer a una de tus artistas favoritas,
querida.
Se detuvieron frente a la entrada de un coqueto edificio de departamentos.
El portero les franqueó la entrada y subieron en la jaula del
ascensor hasta el tercer piso. Entraron a un departamento donde varios
hombres rodeaban a una mujer rubia y flaca que fumaba sin parar
y sollozaba.
—Señorita Duarte– dijo Máximo. –Acá le traje a mi señora para
que le haga compañía un rato. Nosotros nos vamos.
—¿Y para qué quiero yo acá a esta mamerta? ¡Vayan a sacar a Perón
de la cárcel, pelotudos!
—Estamos haciendo todo lo posible, señorita.
—Hagan lo imposible entonces…váyanse de acá.
—Hasta luego, señorita Duarte. Le prometo que volveremos con
buenas noticias– Dijo uno de los hombres. Y todos se dispusieron a
retirarse.
Matilde se colgó del brazo de su marido cuando este estaba saliendo
por el vestíbulo.
—No me dejes acá– le imploró en voz baja.
—¡Matilde! ¡Haceme quedar bien, se trata de mi carrera! ¡Quedate
con la señorita y atendela en lo que necesite! –le replicó Máximo en
un susurro.
—¿Pero no ves que ella no me quiere?
—¡Bueno, dejala que te insulte un rato! Está nerviosa y necesita
desahogarse. ¡Una vez que te pido ayuda en algo, Matilde! ¡No seas
egoísta!
Y se fue, cerrando la puerta del departamento como una
lápida.
Matilde volvió temerosa a la sala donde Evita acababa de encender
otro cigarrillo.
—¿Necesito algo, señorita? Si me indica donde queda la cocina, le
preparo un té.
Evita la miró con asco sin contestar. Cohibida, Matilde, se adelantó
y agarró de la mesa el cenicero de cristal cargado de colillas.
—Lo voy a limpiar… yo la escuchaba siempre en la radio, señorita. Me
encantaba la radionovela esa de las mujeres famosas…y también la vi en
una película, esa que hizo con Libertad Lamarque…estaba muy linda.
Evita la fulminó con una mirada de odio.
—¿Vos no sabés quedarte callada, no, pánfila? Encima me tenés que
nombrar a esa conchuda de la Lamarque. Estará contenta, esa soreta.
—No debería estar tan nerviosa...le va a hacer mal
—Qué fácil, vos lo decís porque no tenés a tu marido preso…y porque
es tu marido. Yo ni siquiera estoy casada. Si Perón no sale de la
gayola, me comen los piojos.
En este punto, su agresividad se trocó en desconsuelo y rompió a
llorar. Matilde sacó un pañuelo de su cartera y se lo alcanzó.
—Eso no va a pasar, señorita. Usted es una artista famosa, puede
trabajar.
—¿Todo hay que explicarte, tarada? ¿Vos te creés que alguien me va
a volver a dar trabajo a mí si Perón queda en chirona? Estoy perdida…
—Pero Perón va a salir, señorita Eva…mucha gente lo quiere y va a
hacer fuerza para que salga.
—Esos desagradecidos no quieren a nadie. Querían el aguinaldo,
los feriados y la platita a fin de mes. Pero ahora que Perón los necesita,
no van a hacer nada. Acordate de lo que te digo…los hombres, y su
puta mierda de política…
Matilde prefirió no contestar y se dirigió a la cocina– que ya había
ubicado mediante una rápida mirada en torno del departamento– a
lavar el cenicero y buscar té o café para preparar."

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