OCTUBRE DEL '45 (FRAGMENTO DE NOVELA)
En las primeras horas del 17, Irma y Hugo llegaron al Puente Alsina, junto con otros trabajadores de la carne, compañeros de trabajo de Hugo. Había convenido reunirse allí con los compañeros que llegaban desde la provincia, particularmente desde Berisso. Allí lideraba el gremio de los despostadores la aguerrida María Roldán, esposa de Vicente Roldán, uno de los mejores amigos de Hugo. Habían prometido movilizar hacia la capital ese día con una columna multitudinaria. María, particularmente, estaba obsesionada con la idea de que que iban a matar a Perón y que les iban a quitar todo.
Vicente y Hugo habían sido muy amigos en su adolescencia. Después se habían distanciado, en parte por la vida errante de Hugo y en parte por sus ideas políticas: Hugo se había mantenido leal a sus ideas socialistas mientras que Vicente, y sobre todo María, habían sido rápidamente seducidos por la prédica de Perón. Pero en los últimos tiempos, habían vuelto a estrechar lazos a medida que el temor ante el avance patronal hacía tambalear la fidelidad de Hugo e Irma al ideario justista.
Irma también apreciaba a Vicente, pero estaba un poco celosa de María. Sobre todo, porque Hugo le había expresado varias veces su admiración por ella. “Es la única mina a la que dejaría que me cuide la espalda tranquilo”. “estar en medio de un quilombo con ella es como estar con un amigo de fierro Tiene más huevos que veinte tipos juntos” Y contaba la anécdota de cuando se habían enfrentado a los tiros la fracción comunista del sindicato contra los seguidores de Cipriano Reyes, leal a Perón. “María fue al frente poniéndole el pecho a las balas… ¡que mujer!”
Finalmente la columna llegó, a bordo de dos camiones. Como era previsible, María iba a arengando
–¡Vamos, chicas! – se dirigió a la multitud mayoritariamente femenina que se reunió en torno a ella. ¡Demostremos de lo que somos capaces las mujeres! ¡Nosotras vamos a rescatar a Perón! ¡Lo tenemos que hacer por nuestros hijos! ¿Quieren que ellos vivan en casas dignas, o en conventillos llenos de ratas y ratones? ¡Compañera Irma! –dijo al reconocer a su amiga entre la multitud– ¡Qué bueno que estés acá! Tus padres vinieron de España en busca de una vida mejor y…¿qué encontraron?... explotación, enfermedad y la muerte. ¡Tuvo que llegar Perón, compañera, para que te devolviera la dignidad! ¡Hoy marchás por la memoria de tu madre, que murió con los pulmones llenos de piedra molida!
El golpe bajo fue devastador. Los ojos de Irma se llenaron de lágrimas y se hubiese puesto de rodillas para pedir perdón por su adhesión al socialismo si se lo hubiesen pedido.
−¡Marchemos compañeras! Sin corpiño y sin calzón/somos todas de Perón!
A pesar de lo picante de la consigna, la repitieron todas, con la chusca aprobación de sus maridos y padres que marchaban en la otra columna.
− ¡Somos la fuerza del pueblo! ¡No hay policía que nos detenga! –gritó María.
Sin embargo, no fue necesaria la aclaración. Los policías con los que se cruzaron saludaban amablemente la movilización. Muchos, coreaban consignas peronistas.
Matilde se despertó, somnolienta. Había pasado una pésima noche, sólo había podido dormitar unas horas tumbada en el sofá del departamento de Evita, aguantando los arranques histéricos y las crisis de llanto de la nerviosa actriz, que finalmente, tras tomar un vaso de whisky y una pastilla se había dormido.
Un rumor sostenido que venía de la calle, la hizo asomarse a la ventana.
−¡Señorita Eva! ¡Señorita Eva! ¡Mire!
Ojerosa y desgreñada, mascullando improperios, Eva se incorporó en su cama y acudió al llamado de Matilde. Asomadas a las ventanas las dos contemplaron una nutrida multitud que avanzaba por las calles gritando “Aquí están, estos son/ los muchachos de Perón”
Matilde estaba exultante. Eva contemplaba la escena con la boca abierta.
−¡Le dije que el pueblo no iba a abandonar a Perón, señorita! ¡Se lo dije!
Y las dos mujeres se abrazaron riendo y llorando al mismo tiempo.

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