SI ME DAS DE BEBER, AMIGO MÍO...

 

Si me das de beber, amigo mío, beberemos juntos.

Hay una hora en la que las tinieblas del bar se adelgazan y la atmósfera se vuelve densa por el vaho de tabaco y marihuana. En la que la cerveza corre como si no hubiera un mañana y deja un rastro de espuma en los bigotes de los muchachos que se abrazan y brindan para festejar la amistad. Traeme otra, Turco. En él último trago nos vamos. Señor cantinero, traiga otra botella que el último trago lo brindo por ella. Esa hora es la hora de los secretos revelados.

Echaste el taco de pool sobre el tapete verde. “No juego más a esta mierda, no sé qué mierda hiciste para ganar todos los tiros”. Inútil explicarte que el alcohol licuó todos tus reflejos y convirtió en imposible la tarea de golpear la bola con un taco de madera. Prefiero sonreír con condescendencia y prometerte la revancha otra noche. Ahora nos tenemos que ir.

Es inútil con que insistas en seguir la juerga en otro lado, a esta altura no nos van a dejar entrar en ningún lugar. Las primeras luces del amanecer iluminan nuestro camino tambaleante. Mover primero un pie, después el otro, pesados de alcohol y cannabis. Te sostengo con mi brazo para que no caigas, pero yo mismo me bamboleo. Buscando mantener el equilibrio, te abrazás contra mi pecho. “Vos sos mi grandote”, pronunciás entre risotadas.

Me asaltan las ganas de orinar. Inaguantables. “Yo también quiero mear”, me decís cuando te lo digo. Un árbol cuyas raíces levantan la vereda resulta el orinal improvisado. Sacamos nuestras vergas al mismo tiempo: la tuya, larga y fina como una anfisbena, la mía, gruesa como una salchicha alemana, lanzan unos chorros claros que parecen interminables.

“A qué no sabés escribir con meo” me desafías en tu media  lengua de borracho. Me río y finjo aceptar un desafío. “Voy a escribir tu nombre” digo e imprimiendo unos movimientos torpes con mi mano a mi pene intento trazar una grotesca “R”, inicial de “Remo”. antes de que se corte el chorro.“Yo sí puedo escribir tu nombre con meo, mirá: Maaaxi” silabeás mientras agitando tu verga llenás la vereda de garabatos amorfos. Me río y te conmino a que guardes tu verga antes de que llegue algún patrullero.

Mientras nos alejamos, pienso en que realmente me gustaría que esos arabescos de pis al pie de un árbol fueran nuestros nombres entrelazados.

 

La juerga la empezamos temprano. Al mediodía, con un asado entre amigos. Después un partido de fútbol bajo el sol, con la panza llena de cerveza y achuras. Corrías tras la pelota con el torso brillante por el sudor. El Pierrot tatuado en tu brazo derecho, contraía y se estiraba con los movimientos de tu tríceps.

Distraído por mirarte, perdí un pase que terminó en los pies de un defensor rival. Lamenté no haber podido festejar el gol con un abrazo sudoroso.

Pensé que de haberse producido el abrazo, me había gustado besar al Pierrot tatuado en tu tríceps. Me perdí imaginado el sabor de la sal de tu sudor en mis labios cuando alguien anunció el fin del partido.

“No podés ser tan patadura” me dijiste, y tu sonrisa junto con  la mano que apoyaste en mi espalda, volvió dulce el reproche.

Terminamos mirando un partido de fútbol profesional, sentados en una cantina, frente a un gran plato de maníes y una botella de cerveza negra.  Entre sorbo y sorbo desgranábamos la ansiedad por el triunfo de Boca Juniors, la parcialidad que los dos compartimos. La victoria nos encontró festejando con fuertes golpes en la mesa y alaridos de euforia que nos atrajeron las miradas agrias de los parroquianos de la mesa vecina, simpatizantes del equipo rival. Esta vez si nos abrazamos pero en vez de tu tríceps, cubierto por la manga de la camiseta azul dorada, busqué tu cuello en el punto en que se unía con tus deltoides y deposité allí un beso rápido y fraternal, que sirvió para que mis fosas nasales captaran el olor del Axe de chocolate que le estaba peleando al sudor. “Te quiero, grandote”, me dijiste por primera vez esa tarde.

Un diminuto proyectil que podría ser un maní o una miga de pan impactó en tu cuello. No necesité advertirte que habían sido los de la mesa de al lado. Te volviste, con los ojos inyectados de furia y los encaraste “Qué carajo les pasa”. Uno de ellos, el más fornido, te salió al cruce con el puño preparado para pegarte.

Me le abalancé. Le habría comido el hígado sólo por concebir la idea de tocarte. 

 (Continúa) Adelanto del cuento Si me das de beber,  amigo mío cuento incluido en el volumen Verano abrasador, disponible en  Amazon.



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