VALLE INFERNAL (CAPÍTULO I)
La señora Mabel Rosen le dio un trago a su cantimplora y
consultó su reloj. Calculó que en unas horas se iban a quedar sin luz natural,
a pesar de que era primavera y habían tenido
la previsión de salir de casa temprano.
−Vamos, Pirula, ánimo− apuró a su amiga, tratando de
disfrazar la exigencia de aliento.
Pirula bufó y resolló, en el esfuerzo por mover su obesa
humanidad a lo largo de un sendero empinado y ascendente, circundado de retamas
y moreras.
−Puf…dejame descansar un poquito, Mabel− dijo sentándose
en una formación rocosa− dame un poco de agua.
−Vamos, que se nos va a hacer tarde y nos va a agarrar la
noche antes de llegar a casa− repuso su amiga tendiéndole la cantimplora
El temor de verse
envuelta por la oscuridad en medio de esas serranías paradisíacas, pero
agrestes y desoladas, actuó como un estímulo en el alicaído ánimo de Pirula: el
miedo le ganó al cansancio. Se levantó de la roca como propulsada por un cohete
y empezó a caminar.
−Ya no estamos para estos trotes− dijo a modo de
disculpa.
−Pamplinas. Ni que fuéramos unas viejas chotas. Dejá de
hablar como cincuentona.
− ¿Y cuántos años te creés que tenemos, Mabel?
−Olvidate de los años…respirá este aire puro, disfrutá
este paisaje… ¿viste lo que es este lugar?
Pirula asintió. Desde que su amiga Mabel se había
jubilado de su cargo de maestra en una escuela en San Justo y se había mudado a
Tandil, no hacía más que hablarle maravillas de esa ciudad enclavada en el
corazón de las sierras, de sus paisajes y bellezas naturales, de sus colinas y
sus bosques, de la tranquilidad de sus calles y la campechanía de su gente.
“Acá da gusto vivir, lejos de ese loquero que es Buenos Aires y el conurbano.
Vénganse chicas” les decía a sus antiguas amigas y colegas cada vez que se
comunicaban por whatsapp o por mensegger.
Esa primavera, la primera como jubilada, Pirula había
decidido aceptar la invitación de su amiga. Tuvo que reconocer la exótica
belleza del lugar al que se había mudado su colega, particularmente del chalet
que se había comprado al pie del cerro de Las Ánimas (el más alto de la zona) y
de los paseos que la había llevado a conocer en su primera semana como huésped:
el Calvario, el Parque Independencia, el Lago del Fuerte, el Parque del Origen,
la Cascada, el Cerro del Mate, el cerro de La Movediza, etc. Casi no les
alcanzaban los días para las excursiones. Pirula las disfrutaba, pero no tenía
el estado atlético de su amiga: treinta años de sedentarismo docente, sentada
tras un escritorio, la habían vuelto
obesa y perezosa, por lo que las caminatas por los senderos serranos le
resultaban extenuantes. Y Mabel le había dejado para el final el “plato fuerte”:
la ascensión al cerro de Las Ánimas, el más alto de la zona, lindero a su casa.
−Es que el sol
está muy fuerte− dijo ajustándose el sombrero de paja, buscando excusas para su
flojera.
−Dentro de un rato vamos a llegar a “El Retamal”, es ese
bosquecito que ves allá−. Mabel señaló con su dedo largo y flaco una franja
verde que a Pirula le pareció lejanísima− Es el límite natural que separa a Las
Ánimas de Ayastuy, el cerro vecino. Allá hay sombra, y una vertiente de agua
muy linda, vamos a poder descansar un rato bajo los árboles y cargar la
cantimplora.
−Che, Mabel… ¿pero no nos va a agarrar la noche, no?…
−Ah, te asustaste, eh…con razón ahora
caminás como si tuvieras veinte
años− dijo Mabel con retintín− veo que seguís tan supersticiosa como cuando
eras jovencita.
En la primera noche que cenaron con su visitante, Mabel y
su marido se entretuvieron contándole a la forastera las leyendas locales tejidas
alrededor del cerro que se divisaba desde su ventana. “Por algo lo llaman ‘el
Cerro de las Ánimas’”, dijo Mabel, y le
habló acerca de las extrañas luces y fosforescencias que decían avistar en las
laderas del cerro los primeros colonos de la zona, en las que creían ver las
almas en pena de los indios muertos durante la campaña de ocupación de la
pampa, o las de los blancos asesinados por los malones. También le habló de las
cavernas y “El pozo de Las Ánimas”: un extraño hoyo excavado en la tierra en
algún lugar indeterminado del cerro, cuyo fondo no se llegaba a divisar: los
relatos más imaginativamente afiebrados decían que era la puerta de entrada al
Infierno, y los que preferían darle a sus imaginaciones un toque científico
decían que llegaba hasta la Antártida. Decían que en sus cercanías, hasta el
día de hoy, se solían realizar extraños rituales esotéricos por las noches. “Yo
misma, Pirula, durante alguna excursión me he topado con algunos elementos
extraños, como cabos de vela, patas de gallina y vísceras que serían de algún
animal…supongo”.
− ¡Ay, Mabelucha, no me cuentes más eso, que sueño!
− ¡Jajajaja! Te estoy cargando, nena. Siempre la misma
maricona, vos. Ya vamos a ir a pasear por allá y vas a ver, es un lugar
maravilloso con un paisaje espectacular. No hay nada que temer…salvo las
víboras, pero si tenemos cuidado…
− ¡Ay, Mabelita! ¡Yo no voy!
−Mabel… ¿querés volver loca a tu amiga? ¿La invitaste
para torturarla?− dijo Alberto, el marido de Mabel−. No le hagás caso a esta,
Pirula. Tomá un trago de vino.
Finalmente Pirula había vencido sus temores y accedido a
la excursión, pero no le haría ni la más mínima gracia que la noche la hallara
en esos montes.
Finalmente llegaron al retamal. Era un delicioso
bosquecillo, donde los árboles formaban una pantalla natural que filtraba los
rayos del sol, y el suelo estaba tapizado por una alfombra mágica de hierba y
hojas, salpicada por una profusión de flores amarillas. En el agradable
silencio sólo se escuchaba el canto de los pájaros y un rumor de agua.
−Sentí esta paz –dijo Mabel inspirando profundamente−
¿Escuchás el agua? Es el ruido de la vertiente. Vamos para allá, podremos tomar
agua y descansar un rato, vas a ver qué lindo lugar, como de cuento de hadas.
En efecto, Pirula tuvo que reconocer que el rincón al que
la había llevado su amiga parecía un bosque encantado. De una pared de roca
tapizada de hiedra manaba un hilo de agua cristalina que se iba ensanchando y
caía en un pequeño estanque, rodeado de chilcas y moreras que lucían sus frutos
rojos y brillantes como joyas, al amparo de la galería vegetal formada por el follaje
de las retamas.
Pero un detalle afeaba un poco lo que debería ser un
cuadro edénico: la cantidad de moscas que sobrevolaban, causando un molesto
zumbido que se superponía con el rumor de la vertiente. Pirula se sacó su
sombrero de paja y las espantó.
− ¡Qué de moscas, Mabelucha!
−Qué raro…normalmente no hay tantas…y este olor…
Un tufo nauseabundo se elevaba por sobre el delicado
aroma a hierba y flores silvestres que las había acompañado durante todo el
paseo.
−Mabelucha… ¿qué es eso?
− ¿El qué, Pirula?
−Eso…que sobresale del agua.
En efecto, en un rincón del estanque un bulto negro
sobresalía a flor de agua. Era sobre él que convergía el enjambre de moscas,
cuya inusual presencia había fastidiado
a Pirula y de él emanaba el tufo que adulteraba el aire habitualmente puro y
fragante del lugar que Mabel había querido enseñarle a su amiga.
−Será un animal muerto− dijo Mabel arrugando la nariz
− ¡Ay, Mabelucha! ¡No será uno de esos rituales satánicos
que me contaste el otro día porque me muero del susto! ¡Te juro que me da un
infarto acá mismo!
− ¡No seas tonta, Pirula! ¡Olvidate de esa broma estúpida
que te hicimos con Alberto! Debe ser algún ternero, pobrecito… habrá que avisar
a zoonosis, por si hay alguna enfermedad que esté afectando al ganado… a ver.
Munida de una rama a modo de bastón, Mabel se acercó al
espejo de agua y cruzó el pequeño puentecito formado por una roca horizontal
para cruzar al lado opuesto, cerca de donde reposaba el bulto. Cuando llegó junto
a él, lo tocó con la punta del palo y lo dio vuelta.
La quietud del paisaje serrano fue quebrada por los
gritos histéricos de Pirula, que espantaron a las aves que anidaban entre las
retamas mientras Mabel sacaba su celular para tratar de comunicarse con la
policía y el servicio de emergencias comprobando –con horror− lo que ya
sospechaba: en esa zona de la sierra no había cobertura.
(Continúa)

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